domingo, 7 de noviembre de 2010

(Título Pendiente) primera parte

Cuando Martín miró sus manos, todo quedó claro, la literatura no era lo suyo.
A los 15 años, con el corazón lleno de entusiasmo y el bolsillo más roto que nunca, Martín decidió dar el gran paso en la vida de un escritor, dejar la escuela.
Sus padres, gente honesta que se ganaba el pan y el vino en el complicado mundo de la elaboración de pantunflas, tomaron muy bien la decisión que su retoño tomó ese invierno; Martín, cuando recuperó el conocimiento en el hospital, atribuyó las contusiones a un extraño incidente que involucraba a un payaso y dos clavadistas que pasaban por el barrio. Desde entonces quedó claro que algo no andaba bien en la ensalada de pasta que tenía por cerebro.
Ya con 16 años y viviendo en una cómoda caja de cartón ubicada en el barrio más exclusivo de Mexicali, Martín tuvo la determinación de encontrar un agente.
Armando Ríos, famoso socialité cachanilla, mejor conocido como el patán, echó la carnada sobre nuestro joven protagonista, Martín mordió el anzuelo, el 20 por ciento de ganancia era una fortuna envidiable entre los vagabundos a los que llamaba vecinos.
Las cosas no fueron bien con el improvisado agente literario, las pocas veces que concertaban una cita por lo regular era en una parada de taxis en la zona de prostíbulos de la ciudad. Martín, a su vez, no era la gran esperanza que varias revistas especializadas predijeron, claro que las revistas de pesca y catálogos de zapatos no gozan de mucho prestigio en el mundo literario, pero le permitían mantener la moral menos fracturada, el pan era menos pero la confianza era mucha.
En agravio de tan sórdida situación, Martín sufrió ese raro fenómeno llamado Bloqueo de escritor. Nadie se percató de la precaria condición del joven aprendiz de escritor, ya que nunca había escrito ni una lista de supermercado.
Amargo es el destino y agónica la espera, sobre todo cuando, intentando emular a Chaplin, Martín se comió su zapato izquierdo, muy conveniente ya que el derecho no estaba maduro. Entre la lengüeta y el tacón, de repente algo lo golpeó en la cabeza, una impactante epifanía comparable a la que tuvo Van Gogh luego del episodio de la navaja y su pabellón audicular.
Cuando era niño, Martín disfrutaba de ver la televisión con el volumen en cero, muda; gozaba de doblar a sus actores favoritos en las escenas románticas, un acto digno de un genio, ya que debido a la efímera economía familiar, no contaban con servicio de electricidad durante el verano.
Fue entonces cuando todo quedo claro, como un anuncio luminoso en medio del desierto, como un juego de pirotecnia en fiesta de pueblo: Martín sería el primer guionista de cine porno en la ciudad... (Continuará)


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